Quien muchas amigas tienen, sola jamás se queda.

Para nadie es un secreto que hacer amigas nunca me ha costado demasiado. Siempre he disfrutado de las relaciones cercanas, de las conversaciones profundas y de la conexión genuina con las personas. Soy una mujer transparente, y quizás esa forma de ser genera confianza y cercanía. Sea cual sea la razón, tengo la fortuna de contar con muchas amigas. Claro que también hay algo de responsabilidad de mi parte: las busco, las cuido, las mantengo presentes, me preocupo por ellas, porque entiendo que de eso se trata la amistad.

Cuando cumplí 50 años quise celebrarlo rodeada de las personas que más quiero. No pude invitar a todas, pero hice un enorme esfuerzo para reunir a la mayoría de aquellas amigas que han sido importantes en mi vida y las más cercanas. Fue una celebración hermosa. Reímos, lloramos, conversamos, compartimos y disfrutamos de un encuentro que guardaré como un tesoro durante el resto de mis días.

Sin embargo, después de aquel cumpleaños comenzó un proceso inesperado. Durante aproximadamente un año me sumergí en una profunda introspección. Dejé de gustarme. Dejé de mirarme con cariño. Me preguntaba cómo habían pasado los años tan rápido y por qué teníamos que atravesar tantos cambios. No solo los hormonales, sino también los físicos y emocionales.

Las emociones parecían jugar a las escondidas. Un momento estaba feliz, al siguiente triste o enojada sin una razón aparente. Aparecieron dolores articulares que jamás había sentido. ¿De dónde salieron? ¿Por qué? ¿Qué hicimos para merecer esto? A ratos sentía un calor insoportable y, minutos después, un frío que calaba los huesos. Mi cabeza era un torbellino constante de preguntas.

Así transcurrió gran parte de ese año, entre dudas, incomodidades y una sensación de no reconocerme del todo. Hasta que un día decidí escribir. No porque tuviera una solución, sino porque necesitaba poner en palabras todo lo que estaba viviendo.

Y entonces ocurrió algo sorprendente e inesperado. A medida que escribía, algo comenzó a cambiar. No puedo explicar exactamente cómo, pero muchos de los síntomas que me acompañaban parecieron perder fuerza. No desaparecieron por completo, pero dejaron de dominar mis días. Escribir se convirtió en una forma de entenderme, de acompañarme y de reconciliarme conmigo misma.

Y quizás fue justamente ahí donde comenzó esta historia.
Así nace la idea de crear 50 y tantos.

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